divendres, 3 d’octubre de 2014

El asesinato de los Targaryen

El asesinato de los Targaryen

 "Bebió un buen trago de vino y cerró los ojos un instante, con la cabeza apoyada en la pared, sobre una mancha de salitre.
—Fui el más joven en vestir la capa blanca.
—Y el más joven en traicionar todo lo que significaba, Matarreyes.
—Matarreyes —pronunció él con deleite—. ¡Y menudo era el rey que maté! —alzó la copa—. Por Aerys Targaryen, el segundo de su nombre, señor de los Siete Reinos y protector del reino. Y por la espada que le abrió la garganta. Una espada dorada, por cierto,hasta que su sangre tiñó de rojo la hoja. Esos son los colores de los Lannister, el rojo y el oro."   
Choque de reyes     

Saqueo de Roma por los bárbaros
(Karl Briulov)


Cuando de pequeños nos hablaban del fin del Imperio Romano imaginábamos hordas de bárbaros saqueando los principales centros de la civilización antigua. Los que tuvimos la suerte de ir a la universidad y tener profesores competentes, pudimos bucear un poco más. Aprendimos que no fueron sólo (o para nada) los feroces germanos quienes aniquilaron al Imperio, sino que el estado romano se fue debilitando por causas endógenas. Perdieron sus dragones. Como los Targaryen.


            
Durante algunos años, décadas, el estado ha sido una ‘garantía’ para los estratos medios y bajos de la sociedad occidental. Una solución para la redistribución de la riqueza. El estado protector del individuo, como tal, ha aparecido con cuentagotas en la historia de Occidente. Para el pueblo, el rey, como impuesto por Dios, era una fuente de justicia natural ante la nobleza. Steven Runciman, historiador conservador inglés, de prosa afilada, hablabla de Felipe de Francia como la réplica de Ricardo Corazón de León:

Jaime Lannister "El Matarreyes" en
el Trono de Hierro
            El rey Felipe Augusto [...] era de buena constitución, con un mechón de pelo desaliñado, pero había perdido la visión de un ojo. Personalmente no era valiente, Aunque colérico y egoísta, sabía reprimir sus pasiones. No le gustaba la ostentación ni sentimental ni material. Su corte era sombría y austera. No le preocupaban las artes, ni poseía buena educación, aunque apreciaba el valor de los hombres de ciencia y buscaba su amistad por razones políticas y la conservaba gracias a su aguda y sentenciosa conversación. Como político era paciente y observador, astuto, desleal y carente de escrúpulos. Pero le dominaba el sentido del deber y la responsabilidad. A pesar de la mezquindad para consigo mismo y con sus amigos mostrábase generoso con los pobres y les protegía contra sus opresores. Era un hombre sin atractivo, antipático, pero un buen rey

Como rey de matices hobbesianos, Felipe Augusto representa perfectamente el modelo Targaryen. Un estado poderoso, centralizado, que ha liquidado en parte la nobleza territorial y revoltosa. En Westeros, precisamente, se produce la involución –o evolución, quizá – del modelo. El estado camina hacia la destrucción. El modelo Lannister destruye al dragón hobbesiano de los Targaryen. El pueblo aceptó mal que bien el yugo de los Targaryen como garantía del fin de la violencia entre señores y reinos, pero el estado nunca tiene otra finalidad que alimentarse a si mismo. Brienne es preclara en esto, en su conversación con Catelyn en Choque de reyes:

            A los dioses no les importan los hombres, igual que a los reyes no les importan los campesinos.

            Afortunadamente, en Canción de hielo y fuego no solamente aparecen estereotipos de lucha de clases. Ahí vemos también al tan denostado Edmure Tully, que aún bisoño y pardillo, es un buen guerrero y también contraviniendo el manual de la lógica, protege a sus campesinos y los deja entrar en su castillo. Nada es absoluto en George R. R. Martin.
Aerys II (Adrià Morreres)
            Continuemos con la pugna entre el estado y los poderes aristocráticos. Los Targaryen han dominado y domesticado la nobleza de los distintos territorios, pero el reinado de Aerys significa el fin del yugo del acero Valyrio. Aerys no tiene dragones con que coartar a la nobleza y ésta se ha rearmado. Han aparecido líderes dinásticos muy capaces: Rickard Stark, Jon Arryn, Hoster Tully y, por encima de todos, Tywin Lannister. Suman una coalición muy poderosa, pero cada uno tiene sus intereses. La lealtad al estado es circunstancial, como lo es la de Mace Tyrell o los dornienses. La destrucción del  estado Targaryen es fruto de la ambición de esta nobleza. Se repartirán las migajas. El nuevo rey, Robert, es un magnífico peón ya que no tiene ningún interés en recuperar el efecto Leviatan. Por otro lado, Tywin ha conseguido lo que quería, imponer su modelo de rey títere, dependiente de las finanzas de los Lannister.

            Tywin, y en menor medida los Tyrell, han ejecutado una obra maestra. Sin apenas pérdida de hombres han pasado a tutelar la corona de Poniente. Sin tocar el maldito Trono de Hierro, han colocado a su títere. Doran Martell,  el sabio gobernante de Dorne, traga con el asesinato de Elia porque la destrucción del estado centralizado garantiza la práctica independencia de su feudo sureño. En Filosofía de hielo y fuego (Ediciones Invisibles/Ediciones B) analizamos ya la obra de Martin como libros sobre el poder y contra el poder: no hay legitimidad en ninguno de estos reyes y señores, como no tenían legitimidad los Targaryen. Solo había fuerza.

            La Guerra de los Cinco Reyes y la irrupción del último señor en juego, Balon Greyjoy, entronca con los conflictos de todos contra todos que siguieron a la disgregación de los grandes imperios: el de Alejandro, el Romano o el de Genghis Khan. Hay alguien –Stannis– que quiere recuperar el Leviatan (con medios crueles y una intención buena), y ahí nos recuerda a Antígono o Justiniano, que quisieron salvar lo insalvable. Poniente se disgrega porque se ha cerrado un ciclo histórico. Y porque el estado Targaryen era un monstruo también.

El Estado es el altar de la libertad política que, como el altar de la religión, está concebido con el solo propósito del sacrificio humano (Emma Goldman)

Varys y Tyrion, "señores" del conocimiento
En Fundamentos sociales de la decadencia de la cultura antigua, Max Weber exponía el fin del Imperio Romano como consecuencia de las debilidades internas. La cultura romana “languidecía” ya desde hacía un par de siglos. Del mismo modo, Poniente ha dejado de evolucionar y los propios Targaryen dejaron de tener dragones. La Edad Media de Poniente se perpetúa. No hay avances científicos. No hay pensamiento político. Tyrion, quizá con Doran Martell, es el principal humanista que hay en Poniente. El motín de Desembarco del Rey o la panorámica que nos dibujan los viajes de Brienne trasladan al lector al populacho sin esperanzas de finales del Imperio Romano. Aún hoy el nacionalismo español idealiza el reino visigodo, un fallido intento de Leviatan, que también  cayó ante las ansias de aristócratas y pueblo de esquivar un yugo estatal.

Un paralelismo más curioso sería el de las causas climáticas de la caída del Imperio Romano. Como sociedad de base agraria, un ciclo de malas temperaturas fue devastador para la estabilidad de aquella civilización. En Poniente, donde los inviernos y los veranos se eternizan, parece que, como mínimo, el clima tiene incidencia en los cambios sociales y políticos.

Weber, nada sospechoso de ser marxista, como el propio Marx y Engels, considera el fin del Imperio Romano como un  paso adelante en la historia. Para Engels, el fin del Imperio significaba el fin de la esclavitud, quizá el peor sistema de todos. No deja de ser irónico que Danaerys, que desciende de quienes subyugaron a Poniente con la coacción, se dedique a liberar esclavos en Oriente.

Siscu Vilaprinyó
La única idealización que se hace de los Targaryen en Canción de hielo y fuego es cuando se produce el hartazgo de la Guerra de los Cinco Reyes, ya muy avanzada la trama. En su momento, Aerys y los suyos perdieron a sus aliados rápido y solo los fieles caballeros de la Guardia lucharon por la dinastía. Los Targaryen solo prometían la paz de los cementerios y el pueblo no se movió por ellos. Como con Roma, los diferentes estratos de la sociedad no lloraron por desembarazarse de un estado basado en la coacción. 


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