dissabte, 19 de setembre de 2015

Las doce caras de la fortuna (relato por Javi Fernández Mata e ilustración de Tere Suau Fa) parte I

Las doce caras de la fortuna (relato por Javi Fernández Mata e ilustración de Tere Suau Fa) parte I

Presentamos este texto de Javi Fernández Mata, escritor en ciernes que recientemente ha participado con éxito en concursos literarios, y que anduvo la senda de la música en la que destacó como cantante, compositor principal y letrista del extinto grupo de rock psicodélico y progresivo Albatros. Javi nos trae un cuento que a mi me ha recordado al Siddharta de Hesse y me despertó reminiscencias faustianas, pero dejo al lector toda interpretación y disfrute. La imagen que lo acompaña es de la ilustradora Tere Suau Fa que trabaja en el mundo del diseño y compagina su tarea con la exploración artística de un mundo interior rico, lleno de imágenes sugerentes y oníricas, llenas de color y que invitan a soñar y perderse en la noche siguiendo el propio camino. Follow your bliss. 

Enlaces del autor: twitter: @narranacion  Facebook: https://www.facebook.com/narranacion  http://www.narranacion.com/las-doce-caras-de-la-fortuna-parte-i/
Enlaces de la ilustradora:  http://tsuaufa-ilustracio.blogspot.com.es/
El proceso de ilustración paso a paso http://tsuaufa-ilustracio.blogspot.com.es/2015/09/las-doce-caras-de-la-fortuna-1.html


Las doce caras de la fortuna (Tere Suau Fa)

Encontré el libro en una de mis incursiones en las inexploradas tierras  del sur, justo donde empieza el desierto. Ese día deambulaba lejos del poblado con los ojos irritados por la arena y la lengua hinchada por la sed. Entre reflejos traidores vi un carromato volcado, esperándome paciente entre las dunas. No debía llevar allí más de que unos pocos días. Fuera de las rutas habituales, sin duda lo habrían descubierto en el caso de llevar allí más de una semana. Era uno de esos carros techados, como los que usan los huraños hechiceros para transportar sus supuestas pócimas milagrosas. Quien quiera que fuera el propietario, ya no estaba allí, tampoco el rastro de sus animales de tiro. No había ningún compartimiento forzado ni dañado, por lo que mi conclusión fue que simplemente habían abandonado el vagón allí tras vaciarlo. Repleto de inútiles filigranas talladas directamente en cualquier marco o embellecedor de la estructura, parecía el transporte de alguien con tanto oro como para gastarlo sin problemas en decorar trozos de madera. No conseguí reconocer ningún emblema nobiliario, aunque los había. Tampoco conseguí leer lo que, según mi humilde opinión, parecía un extraño tipo de escritura. Las grafías eran alargadas, finas, de trazo seguro y como si cada una de sus curvas fuera una detallada obra hecha por un artista. Maldiciendo mi suerte descarté, enseguida cualquier tipo de botín. Totalmente en mi contra, la sed me obligó a no abandonar el lugar sin saquear cada rincón en busca de unas gotas de agua. Fue entonces cuando encontré el libro, nada más. Al regresar, no pude más que pensar en beber y descansar. 


Al día siguiente volví a faenar como cada día de mi vida y la de todos mis antepasados. Al atardecer, cuando el mar me liberó y las redes quedaron remendadas, recuperé el tomo con afán de ojearlo con más detalle. Su cubierta era de cuero rojizo. Tenía por las dos caras el relieve de una especie de caballo extraño, como  sin más objeto que el de ridiculizarlo, le hubieran estilizado las patas y alargado el cuello. Lo habían convertido en un animal cercano a una oca y cargaba dos bultos como montañas en su lomo. Lo rodeaban diferentes motivos y cenefas semejantes a los que decoraban el carro. En el centro encontré un mapa con puntos acompañados de nombres. De entre ellos solo pude entender una palabra que destacaba de entre todas las demás. Estaba al final de una ruta marcada en tinta escarlata y su nombre era: Krú-u.

Conocía el lugar a través de las canciones, en realidad se hablaba de ella como la última ciudad conocida: la puerta del desierto. Famosa por ser la morada de todos aquellos que merecerían estar para siempre perdidos. Cuentan los bardos que sus mujeres, morenas y de largos cabellos ondulados, hechizan con sus ojos, tan grandes y oscuros como sus propios corazones, a cualquier ingenuo peregrino. Sus habitantes rezan a dioses olvidados que habitan en cielos de tiempos ya extintos. La brujería es poderosa a la par que peligrosa en Krú-u y si este libro pertenecía allí como yo pensaba, podría conseguir una buena recompensa por llevarlo hasta su dueño. Cambié mi barca por un caballo enclenque, al que cargué de pescado seco y al anochecer me puse en camino. Sin certeza pero lleno de esperanza, creí reconocer en aquel tomo, la llave de mi riqueza.

El mapa central indicaba sin duda la ruta del azufre y esa es la que seguí. Entre vapores capaces de hechizarte, vi al sol salir rodeado de estrellas. Vi a la luna sonreírme al alba y perdí la noción del tiempo. No sé detallar exactamente cuando, mi pobre montura decidió buscar tranquila a la muerte, desapareciendo entre cráteres que escupían humo hirviendo. Estoy seguro de que en ocasiones caminé entre sueños, pero finalmente llegué entre sudores envenenados a las puertas de Krú-u. Allí sin más, perdí el conocimiento.

Cuando me rehice, el polvo del desierto me cubría y mi estómago gritaba hambriento. En lo primero que pensé fue en dirigirme a una posada o lugar de reunión de truhanes, donde intentar averiguar algo sobre el libro y de paso comer algo. Lo que ocurrió en realidad es que me detectaron enseguida, como tiburones al olor de sangre fresca. Nada más poner el pie en las calles interiores, me asaltaron. Me golpearon y se llevaron todo lo que consideraron de valor. Para mi tranquilidad, un libro parece no entrar en esa categoría. De hecho, entre golpes creí intuir que lo lanzaban a mi lado con desprecio, incluso con temor. En el suelo y con el labio partido, les pedí antes de que se marcharan que me dijeran qué era aquel extraño tomo. Creo que no soy capaz de imaginar una escena más humillante aunque por alguna razón que desconozco, el mayor de los dos asaltantes me dijo: 

—Extranjero, busca al hombre más rico de Krú-u. En él encontrarás la perdición que buscas.

Me levanté y seguí mi camino, como si nada más importara. Me crucé con una pareja de hombres armados y con el emblema de la ciudad en sus petos. Les pregunté por ese hombre rico del que me habían hablado y los guardias me intentaron robar también. Frente a la frustración de no encontrar nada de valor y con la certeza de haber llegado segundos a un botín ya saqueado, me lanzaron entre risas y sin miramientos a un bebedero para monturas. Al tercer intento obtuve mi recompensa. Me indicaron quién era ese hombre acaudalado. Correspondía a un cocinero de adobe, de hecho, la única persona que cocía el adobe del que estaban hechas las casas y palacios de la ciudad. Vivía a las afueras y allí me condujeron mis mojados y magullados pies.

Tuve que esforzarme mucho para llegar a  entender cómo conseguir la información de aquel hombre. A cada pregunta sobre el libro o sobre lo que fuera que le preguntara, su respuesta estaba relacionada con el maldito adobe. Aprendí que se trata de una mezcla de arcilla, agua y material orgánico. Al preguntarle por la extraña escritura, me comentó que en ocasiones se usaban excrementos de animales. Por lo visto además de compactar, hacían las funciones de repelente de insectos. Cuando le consulté por los dos extraños objetos de seis caras dibujados en las páginas centrales del libro, me ilustró con la capacidad termal del este material de los dioses. Del secreto de la prueba del sedimento para estimar la calidad de la mezcla, me informó cuando le mostré las muchas veces que se hacía referencia al número 12 en las páginas amarillentas del libro. Estaba perdiendo ya la paciencia cuando al fin entendí qué estaba ocurriendo. Un hombre nunca se hace rico trabajando y menos aún en una ciudad como esa, a la que el honor había abandonado hacía mucho tiempo. Le ofrecí dinero a cambio de la información y entonces empezamos a entendernos. Yo no disponía de nada en ese momento, apenas había podido mantener mis zapatos puestos tras los asaltos. Así que opté por aceptar su contraoferta. El libro hablaba de un instrumento oculto en Krú-u que me haría rico si lo encontraba y el trato que cerramos fue que si lo conseguía, debía volver para pagar por la información recibida. En el hipotético caso de no encontrarlo, estaría obligado volver igualmente, pero mi deuda se saldaría con mi trabajo. Cocinaría adobe durante años. Me aseguró que volvería en cualquier caso, ya que estando bajo su protección nunca tendría problemas. Esta última aclaración me estremeció y no la acabé de entender. De hecho le creí poco listo en ese momento, ya que nadie me obligaría a volver si no conseguía mi objetivo.

—Las doce caras de la fortuna —Me dijo—. Hace mucho que nadie sabe de su paradero. Como ya sabrás, para nosotros el número doce es el número sagrado. El gran dios lo puso en nuestras manos para que fuéramos capaces de contar y hacer negocios. Marcando con nuestro dedo pulgar cada una de las falanges de los demás dedos, podemos contar hasta doce con una sola mano, mientras que con la otra podemos marcar sus múltiplos. Se dice que un audaz negociante, usó su inteligencia y una mordaz charlatanería para engañar a un duende de la suerte y encerrarlo en un par de dados. Así tuvo el poder del número de la luz en dos herramientas perfectas para las apuestas. Quien posee ese par de dados, gana gracias al duende cualquier juego en que participe con ellos. El duende siempre es fiel a su dueño, siempre.

Pensé en el dinero que podía llegar a ganar. Pensé en la deuda contraída con el hombre más rico de Krú-u y el balance fue positivo. Así que acepté, me indicó dónde mostraba el libro que encontraría las doce caras de la fortuna y me puse en camino enseguida.


Fin de la primera parte

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