divendres, 30 d’octubre de 2015

El banquete de los trasgos II (La playa)

El banquete de los trasgos II (La playa)

Un mar de sombra eres, y entre tu sal oscura
hay un mundo de luz amanecido.
(Alí Chumacero)


Ya hacía horas que el coche emitía un sonido extraño, de animal moribundo. El motor parecía un perro acatarrado. Aún así Jacob no quería detenerse hasta pasar los límites de Calipso X y entrar en la Zona Libre. El niño no había abierto la boca desde que lo recogimos en la gasolinera de Ben. Aún así hacía muecas cuando algún bache parecía que iba a dejar el coche sin ruedas o que parte de la carrocería saldría disparada y me miraba como si pidiera a Jacob que parara. Insistí: 
—¿Jacob, no crees que sería mejor parar un rato? 
—Una mierda. Tenemos detrás a media policía de Calipso y quizás a los moteros que había en la gasolinera. No pienso detenerme hasta que lleguemos a la playa.
—La playa... — repetí en voz baja. 
La playa sonaba a libertad, a empezar de nuevo, sin más temor que el de algún grupo de forajidos salvajes. Pues según Jacob me había contado se habían establecido allí comunidades de hombres y mujeres libres que se ayudaban entre ellos y no obedecían más normas que las que se autoimponían. Lejos de las leyes de Calypso y  de los peligros de la Zona de Nadie. 
—Está bien Jacob, pero quizás a este ritmo no lleguemos nunca a la playa.
—Tu no has estado en la playa Jes. Yo sí. Aunque sea la última puta cosa que haga en esta vida os llevaré a la playa. A tí y al niño. ¿Has conocido alguna puta vez un niño que no hable? Mi hijo no callaba nunca. Para que un niño no hable o bien es mudo, o le han cortado la lengua o es que ha visto o sufrido lo indecible. Cuando vea la playa seguro que sonríe. ¿Me recuerda a mi hijo sabes?
Fue la primera vez que Jacob me habló de su pasado. La primera y la última. No le pregunté mucho por el niño. Pues hablar de ello me arrastró a mis escasos recuerdos familiares, los que me quedaban tras el lavado de cerebro que había sufrido en las mazmorras de Calipso. Aún recordaba el olor profundo de la anestesia verde, la más efectiva y casi mortal. 
—¡Mierda! —gritó Jacob de repente. 
El coche pegó un brinco violento, furioso como la coz de un caballo. El bache casi nos sacó de circulación.  El auto pegó un derrape y dio un giro casi completo.
—¡Esa piedra podría habernos matado!
 —¡No exageres! — dijo Jacob reprendiendo mi comentario.
 —Si perdemos el carro no salimos vivos del desierto. Y lo sabes. Estás cansado, el coche va forzado, va a reventar —dije tratando de convencer a Jacob.
 —Ley número uno Jes. Yo soy el conductor.   

Nos peleamos un buen rato con el coche varado en aquel erial. En plena discusión vi que Jacob giró sus ojos hacia el niño que nos había escuchado cabizbajo y ahora parecía querernos decir algo. El niño alzó el brazo y con el dedo índice señaló un punto negro lejano que parpadeaba como un espejismo. Era una figura alta que caminaba rápido como huyendo de un fantasma, pues no había nadie en aquel páramo desolado. Jacob viró el coche hacía allí. Y a medida que nos acercamos pude ver un largo abrigo negro con destellos púrpura. Y una pequeña mochila que se agitaba bamboleándose contra el esbelto cuerpo.  Jacob pegó un grito: 
—¡Una chica!

Y entonces la distinguimos bien, con la cabellera negra y enroscada como una serpiente, su expresión dolorida, la tez blanca tostada por el sol y una sonrisa curva y ambigua. Y supimos que el destino iba a pegar un vuelco y que ella cambiaría nuestras vidas para siempre. 





Bernat Roca

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