diumenge, 18 d’octubre de 2015

El banquete de los trasgos I

El banquete de los trasgos I

Oh, baby don't you want to go?
Oh, baby don't you want to go?
Back to the land of California
To my sweet home Chicago

Now one and one is two
Two and two is four
I'm heavy loaded, baby
I'm booked, I gotta go
                          Robert Johnson - Sweet Home Chicago 

Llevábamos tres días perdidos más allá de la frontera. No teníamos gasolina para más de ciento cuarenta millas y media policía del distrito Calypso X iba tras nuestras ruedas. Jacob decía que nos lamían el culo, pero yo creo que estaban a punto de pisárnoslo bien pisado y de darnos un buen puntapié donde más duele. Dábamos vueltas al cañón rojizo y desértico y Jacob seguía bebiendo de su petate metalizado  y adornado con piel de serpiente. Seguía con su absurda teoría que el rodeo permitiría confundir nuestras roderas con las de la policía. Según el plan, cuando llegara la noche apagaríamos las luces y no podrían vernos entre la noche cerrada del maldito desierto.

 Jacob conocía la Zona de Nadie como la palma de su mano. Había sido fugitivo desde los dieciséis años y tenía más de 50. Llevaba el pelo largo, blanco con ribetes plateados y amarillentos, de la nicotina y las drogas de cristal líquido. Tenía la nariz aguileña, torcida vete a saber porque, la piel blanca tostada por años de deambular de costa a costa, conduciendo coches robados y desgeolocalizados, lo que le había traído no pocos problemas con las leyes de Calipso X y los Señores de los Genes. Vestía ropa antigua, de cuero y tejanos raídos  y llevaba un pañuelo rojo con lunares blancos diminutos en el cuello. “Para el frío de la noche”, decía enseñando su sonrisa desigual. Estaba acabado, pero quería morir en la carretera.  “Cuando muera quiero que mi cuerpo arda en algún lugar, en una noche bonita, donde alguien cante una bonita canción y una chica bonita esté triste y con el corazón roto”, decía. Era su testamento.“Y luego que mis cenizas sean abono para alguna malahierba”, como él siempre se había considerado. 
En el coche escuchaba música a todas horas, incluso durmiendo. “¡Música de la época dorada¡”, gritaba poseído. Sobretodo  blues antiguo y rock de frontera, heavy metal del que ya nadie apenas guardaba registro, solo forajidos y adolescentes de la costa oeste guardaban archivos de música de esta música maldita y proscrita en Calipso X y los 5  Distritos. Ese día no fue una excepción.
—¿Oh Jacob, Puedes quitar esta mierda de música? 
—Quien conduce escoge la música. Ley número dos de la carretera.
—¿Y cual es la ley número uno? 
—Que yo soy el conductor y tu el copiloto. Al menos hasta que hayas aprendido o yo haya muerto.
Jacob subió el volumen y soltó una carcajada ebria, loca y desdentada. Como era de esperar la conversación acabó aquí. 

Light glow
Había perdido a mi familia hacía mucho tiempo, tanto que ni recordaba cuando. Él me había recogido hacía un par de noches antes de entrar en el desierto. Me encontró a las puertas de un bar, cuando un par de tipos iban a pegarme o algo peor por culpa de un lío de apuestas. Y Jacob era ahora mi familia. Solo guardaba una foto de mi pasado y mi posible destino. Una foto que guardaba la llave de un tiempo que apenas recordaba. En ella aparecía una casa adosada, con un parque infantil en la entrada, dos niños jugando y una mujer embarazada. Recuerdos de una vida anterior a mi rehabilitación en las jaulas de Calipso X. Los Señores de los Genes habían trabajado duro conmigo. “Uno es lo que hace de él, con lo que hicieron de él”, decía Jacob, en aquellos destellos de lucidez que se regalaba de tanto en cuanto en su mar de locura. A mi los Señores me habían jodido. Les odiaba. Odiaba todo su mundo, sus leyes, sus ingenios, sus droides perfectos y serviciales y compadecía  sus hembras  y efebos programados para servirles, víctimas como yo de rehabilitaciones forzosas. Nada escapaba de su voraz apetito.
—¿Cual es la ley numero tres Jacob?
—Oh mierda Jess. ¿Crees que soy uno de esos putos políticos de Calypso X? Dos leyes ya son muchas para mi. Estamos tú y yo. De momento estamos nosotros. Solo nosotros, nuestro coche, una psitola, latas de conserva, vales de carburante y la carretera. La carretera… ¿Entiendes?
Asentí con una sonrisa. De nada serviría discutir con él algo tan obvio, tan sencillo. Par él la vida era sencilla. Solo había que conducir, beber, escuchar música y sobrevivir. Sencillo. 

Llegó la medianoche y viajamos a oscuras. Según Jacob era muy fácil llegar a la ruta principal sin ser visto. Aunque el tío no bajaba la música, pues decía que con los cristales hasta arriba no podía oírse, aunque  creo que era mentira, pero no podía razonarse con él en ese punto. A lo lejos podía distinguir las luces rojas y ambarinas de los coches robotizados de la policía, escuchar el rumor de los drones voladores que rastreaban la zona. Eran tan sigilosos como la música de Jacob. Pero nosotros estábamos siguiendo las rutas ocultas y secretas de la cofradía de los hermanos de la carretera. Y eso estaba fuera de las reglas de Calypso. Y los robots nunca conducirían por allí sus carros motorizados. Jacob decía que la libertad humana era el valor más preciado. Que ningún robot de mierda podía sustituir la conducción humana, porque fuera de los programas apenas sabían hacer nada. Aunque a decir verdad los accidentes en Calypso X  eran raros y casi nunca se producían imprudencias al volante, a excepción de las de los conductores ilegales como Jacob. 
 —Estamos a punto de llegar a la gasolinera de Ben.
—¿Quién es Ben?
—Mejor que no sepas mucho de él. Es un traficante que tiene un buen arreglo con Calypso. Les suministra “carne” a los Señores a cambio de que le dejen en paz en el desierto. Tiene un par de moteles donde se hospedan forajidos y gentes de mal vivir. Pondremos gasolina allí un momento. Los memos de la policía no buscaran allí, pues si no hay indicios seguros sus robotizados conductores no franquearan una zona protegida por las leyes de Calypso. ¿Entiendes semejante tontería? Hasta un zoquete podría deducir que estaremos allí repostando. Pero como no verán nuestro rastro se alejaran de allí por precaución.  Imbéciles…
Gasolinera antigua ruta 66
(Ed Ruscha)
Llegamos a la gasolinera de Ben, bien iluminada con luces azules y rojas de neón, con sus moteles de cristal azulado y paredes de cemento  y cuando Jacob encendió las luces, pues ya era seguro, nos llevamos un susto de muerte. Tras unos bidones había escondido un niño, un niño asustado, que temblaba al lado de uno de los lejanos surtidores de color naranja. Iba vestido como un deportista de esos de la liga de beisbol de Andromeda V. Tenía el rostro lleno de moratones y parecía paralizado por el miedo, pues parecía querer huir de algo pero estaba estático. Jacob arrancó el coche y lo llevó al surtidor naranja, mientras unos hombres parecían discutir con el encargado de la gasolinera, un tipo delgado y con aspecto de pasar un mal rato.
—¡Mierda niño, sube! –gritó Ben abriendo la puerta trasera. 
—Estamos a punto de poner gasolina. ¿Crees que podemos ayudarle?
—Cállate Jess, cállate. ¡Niño sube, por Dios, sube al maldito coche!

El niño subió y Jacob desechó rápidamente  repostar, pues sabía que demorarse era poner en riesgo la vida del chico y la nuestra. Aunque sin combustible probablemente quedaríamos tirados en medio del desierto. Huimos pitando de la gasolinera justo cuando los hombres de dentro parecían haber zanjado la discusión e iban a salir. Y entonces Jakob me miró con aquellos ojos rojos por la bebida y la locura de la música del Kill Em All de Metallica que sonaba a todo volumen y me dijo echando su aliento en toda de mi cara:
-¡Puede que el jodido mundo esté podrido sabes, que yo sea un loco suicida y tu un aprendiz de mierda de mi locura, pero él no tiene la culpa Jess, no tiene la culpa! ¿Lo entiendes? Son las reglas Jess, son las reglas de la carretera.

Y entonces el coche aceleró más y más a toda prisa, y por el retrovisor vi al niño, con su gorra de beisbol torcida, los mofletes morados de una paliza que no sabíamos quien la había propinado y una mirada en los ojos que valía todos los riesgos del mundo. No habría la boca. Estaba asustado, pero con una luz de esperanza. Siempre había pensado que nos aferramos a la inocencia de los niños porque  antaño perdimos la nuestra. Y luego giré la cabeza y fijé mi vista en la tierra baldía, más allá las montañas rojas recortadas entre el cielo estrellado, mientras en los oídos retumbaba la música incesante, el redoble de tambores, las guitarras estruendosas, la voz histérica del cantante y recordé algo bello, aunque enseguida se esfumó como un sueño liviano. Y nos perdimos en la oscuridad confiando en que el alba nos devolviera la sonrisa y la dicha de la vida.   



Bernat Roca

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