dimarts, 20 d’octubre de 2015

Las doce caras de la fortuna (relato por Javi Fernández Mata e ilustración de Tere Suau Fa) parte II

Las doce caras de la fortuna (relato por Javi Fernández Mata e ilustración de Tere Suau Fa) parte II


Juego de dados, Teresa Suau Fa
El comercio era completamente desproporcionado en comparación a la minúscula puerta que tenía como acceso. En su interior, los objetos variopintos estaban esparcidos por estanterías y repisas que parecían haber sido colocadas por un demonio del polvo o una pequeña tormenta de arena. El caos era total y solo encontré al encargado del negocio después de asustarme frente a mi propio reflejo, en espejos que me deformaban hasta el punto de hacerme irreconociblemente viejo o joven. O las dos cosas a la vez. Tras el mostrador, el anciano de pelo grasiento me miraba como si ya le hubiera robado el objeto más valioso de su colección de antiguallas. A la vez tapaba una botella polvorienta en la que me pareció ver a un hombre musculoso y diminuto golpeando desesperado las paredes de cristal del recipiente. Antes de que pudiera plantearme si mi visión era cierta o no, la botella había desaparecido entre las anchas mangas de su vestimenta. 

—¿Qué quieres extranjero? Si ansías comprar algo, te equivocas de sitio—. Enseguida me di cuenta que había pasado por alto el hecho de no tener dinero. Y en ese momento solo se me ocurrió contestarle:

—De hecho no vengo a comprar, pensaba que podría llevarme lo que vengo a buscar sin impedimentos. El hombre más rico de Krú-u no me ha dicho que tuviera que pagar por ello. Estoy buscando las doce caras de la fortuna y sé que están aquí, por algún lado.

Ante mi estúpida respuesta y mientras pensaba en como salir corriendo de allí intentando evitar romperlo todo en mi huida, vi que un pequeño estuche ya descansaba entre las manos del anciano. Se dio la vuelta y se marchó hacia la parte de atrás de la tienda. De espaldas y sin detenerse, su voz me llegó ronca y humeante.

—Un duende siempre es fiel a su dueño, siempre. Ahora largo—. No me lo tuvo que repetir dos veces. 

Empecé mis primeras partidas en un callejón rodeado de ratas. Lanzando los dados contra una esquina, apostando el oro que no tenía y a riesgo de mi propia vida. Hechizado por la codicia, me convencí de que nada podía fallar. El embrujo de esos dados me contaminó y trasladó hasta un mundo tan deseado como desconocido. Gané, ya lo creo que gané. Aquellos mismos hombres contra los que había apostado pasaron a ser mis protectores. Les pagaba bien, pero ahora podía permitírmelo. Seguí ganando y seguí apostando. Lanzaba los dados con la seguridad del que se sabe vencedor de antemano y tanto ellos (los dados) como yo crecimos en fama y seguidores. Ya no eran mi lugar los callejones. Vestía como un noble y adornaba mis dedos con sortijas y anillos caros, que vendaban de oro y piedras los callos y las durezas del viejo pescador. También descubrí la lujuria. Esa lujuria única, esa que solo puedes obtener mediante el poder. El poder del oro y la influencia. Ya no buscaba sitios donde apostar mis riquezas, los que anhelaban retarme venían en mi busca. La mesa más cara del local más caro, era mía. Nadie se atrevía a ponerlo en duda. Ya no era anónimo, era un yo acompañado de humo, cascabeles y mujeres hermosas. Era un yo bebiendo en vasos dorados y fumando hierbas extintas. Fui una persona tan poderosa que tuve el poder de saldar cuentas y de quitar la vida por deudas que acumulaban no más de un pequeño puñado de oro. Me consideré el más poderoso cuando fui el que acumuló más enemigos.

Llegó un día en que un extranjero se presentó en todos los antros de mi ciudad. Aseguraba que podía ganar a cualquiera en una apuesta, incluso a mí. Por mi parte, no merecía la más mínima de las atenciones, era un pordiosero con huecos entre sus dientes y el pelo sucio como la barba de un troll. Poco a poco fue recorriendo un camino harto conocido por mí. Poco a poco se fue acercando a mi pedestal de joya y mentira, desde los callejones. Cuando ya solamente yo podía detenerlo y toda la ciudad esperaba el enfrentamiento, acepté. Mi objetivo no era vencerle y reafirmarme, o al menos no era el único. Mi meta real era la de mostrar a los que de mí dependían, a quién debían su lealtad. 

Sus ojos me sorprendieron, su mirada me intimidó. Empezamos el juego y por primera vez perdí, y seguí perdiendo. A cada una de mis derrotas se sumaba una mirada amenazadora de aquellos a los que había estado comprando con el oro de los tontos. El respeto cambiaba de amo y mis dados me habían abandonado sin avisar. Al final, cuando ya sólo me quedaba mi vida y la traición de las doce caras de la fortuna, me jugué ambas cosas sin miedo a perderlas. Y las perdí. Para mi deshonra y mi desesperación aquél extraño extranjero se llevó mi fortuna, mi honor y mis dados para siempre, pero me perdonó la vida. Sabía que a partir de entonces era cuestión de horas que en cualquier esquina un cuchillo rencoroso se hundiera en mis entrañas. Cogí una montura, el dueño de la cual se debió unir a la lista de los que querían rendir cuentas conmigo, y huí al único sitio donde sabía que sería recibido. Desde entonces y son ya muchas las lunas las que he visto sobre las dunas, cuezo adobe para el hombre más rico de Krú-u. Nadie me hará nada mientras me mantenga en sus dominios, pero solo un muro de ese odiado material, separa a las pirañas de su presa.

Epílogo

Una vez tuvo delante al portador de los famosos dados, su objetivo fue por este orden: sus propiedades, sus influencias, su ego y por último su vida. Ésta última hacía tiempo que la tenía ya destinada a engrosar a su ejército de trabajadores voluntarios. Una vez se proclamó vencedor y como había hecho tantas veces antes, se dirigió a las afueras, asegurándose antes de no ser visto. Una vieja táctica era la de dedicar una pequeña parte del botín a pagar la bebida de todos sus nuevos amigos. Eso los mantenía entretenidos durante horas.  Entró en su casa y leyó en voz alta las palabras del pergamino que le devolvería su auténtico aspecto. Mientras, rajaba el abdomen de un sapo del oasis de fuego, acción requerida si quería que el hechizo tuviera el efecto deseado. Se cambió de ropa y guardó las ganancias en un armario oculto para todo aquél que no mira. De repente aunque no por sorpresa, escuchó como en la habitación contigua se abría la puerta principal, como si la quisieran arrancar de cuajo. La respiración entrecortada de aquél que acababa de entrar suplicaba desesperada por su ayuda. Sonriendo por la satisfacción del que ha finalizado un plan perfecto, se dirigió hacia allí mientras guardaba en un pequeño saco de piel, un par de dados. En voz baja y con los ojos brillantes susurró:


—Un duende siempre es fiel a su dueño, siempre.

Javi Fernández Mata


Enlaces del autor: twitter: @narranacion  Facebook: https://www.facebook.com/narranacion  http://www.narranacion.com/las-doce-caras-de-la-fortuna-parte-ii/
Enlaces de la ilustradora:  http://tsuaufa-ilustracio.blogspot.com.es/ 
El proceso de ilustración paso a paso http://tsuaufa-ilustracio.blogspot.com.es/2015/09/las-doce-caras-de-la-fortuna-1.html

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